Imagen: Ricardo Calderón adoraba tanto este póster de Le Nouvel Observateur que una copia colgó durante muchos años en su oficina. En francés se lee "El poder de los periodistas". Imagen: Cortesía
«Una vez que me abren la puerta y logro sentarme con ellos, tengo una oportunidad»: Ricardo Calderón, periodista colombiano
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El afiche con la imagen de una pluma estilográfica saliendo del cañón de un revólver estuvo colgado durante muchos años detrás del escritorio de Ricardo Calderón. Era una vieja portada de Le Nouvel Observateur que llevaba por título: «Le pouvoir des journalistes», el poder de los periodistas. Un colega lo había comprado en un mercado de pulgas de París y lo había traído a la sala de redacción de la revista Semana en Bogotá, donde Calderón trabajó como periodista de investigación durante más de dos décadas. Le gustaba tanto ese afiche que le sacó una copia. Así podría verlo cada mañana al entrar en su oficina.
Conocí a Ricardo, o Richi, cuando entré a trabajar a la misma revista como reportera de la sección política y con la aspiración de poder hacer grandes reportajes investigativos. Para entonces, él ya estaba muy curtido en el oficio. Había revelado toda clase de escándalos, delitos y abusos cometidos por quienes estaban en el poder o luchaban por conseguirlo desde distintos frentes: generales del ejército y la policía, espías de la agencia nacional de inteligencia, políticos de todos los partidos y funcionarios públicos, así como capos de la droga, guerrilleros y paramilitares. Ricardo nunca hablaba mucho de sus investigaciones con sus colegas, ni siquiera cuando nos tomábamos unas copas los viernes por la noche, luego de cerrar la edición de la revista, así que nunca sabíamos realmente en qué andaba metido. Lo que sí sabíamos, es que su trabajo era importante y peligroso: aún recuerdo las coronas fúnebres de flores con su nombre que llegaron a la redacción y uno de los intentos de asesinato en su contra.
A pesar de haber ganado importantes premios periodísticos, entre ellos el María Moors Cabot, los Premios Latinoamericanos de Periodismo de Investigación Javier Valdez y el Premio del Rey de España (algunos de estos en varias ocasiones), Calderón prefería mantenerse alejado de los reflectores. Pero en 2020, después de que la revista Semana fuera adquirida por un grupo empresarial y adoptara una nueva política editorial que podría poner en riesgo su independencia, decidió irse. Aunque no le gustaban las cámaras, terminó en la unidad investigativa del principal noticiero de televisión del país, Noticias Caracol, donde él y su equipo han seguido destapando escándalos de gran repercusión, como el papel de los mercenarios colombianos en el asesinato del presidente de Haití, Jovenel Moïse, o sobre cómo el régimen del expresidente venezolano Nicolás Maduro persiguió a los disidentes exiliados en otros países latinoamericanos.
Aunque es bien sabido que a Ricardo no le gusta hablar de sí mismo, aceptó concederme una entrevista. Nos encontramos en un café al final de una tarde fría en Bogotá, y me contó detalles desconocidos de algunas de sus investigaciones, experiencias y lecciones aprendidas a lo largo de los años en este oficio. Me aseguró que el viejo afiche que estaba en su oficina, ahora está colgado en una de las paredes de su apartamento: sigue siendo un recordatorio constante de todo el daño que puede causar con su trabajo si no lo hace bien. Esta es una versión editada de nuestra conversación.
GIJN: ¿Cómo es que un reportero deportivo termina siendo un periodista de investigación especializado en crimen organizado y agencias de inteligencia?
Ricardo Calderón: Fue la única manera de comenzar a hacer periodismo. Sabía que en el fútbol eran once contra once y había una pelota, pero no sabía mucho más de deportes. Podía ir a los mundiales y cosas así, pero yo no quería eso y lo cambié por las masacres.
GIJN: ¿Por las masacres?
RC: La redacción de la revista Semana era relativamente pequeña y el país estaba atravesando una coyuntura difícil a mediados y finales de los años noventa. Había dos cosas importantes sucediendo al mismo tiempo: el escándalo político de la financiación del Cartel de Cali a la campaña del presidente Ernesto Samper, y las masacres que perpetraban los grupos paramilitares en expansión. Como el escándalo político a veces no dejaba espacio para cubrir las masacres y no había suficiente gente en la redacción, aunque era el periodista de deportes, yo me regalaba para ir a cubrirlas.
GIJN: ¿Siempre tuviste la aspiración de cubrir orden público, abusos, corrupción?
RC: Sí. Porque veía la forma en que se cubría a “los malos” —guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes—, y cubrirlos periodísticamente muchas veces implicaba encubrirlos. Faltaba una cobertura distinta en Colombia, contar lo que realmente pasaba con ellos. Hacer público ese tipo de abusos ayudaba a la gente; poner en evidencia a un narco ayudaba a una comunidad.

Ricardo Calderón ha dedicado décadas a investigar a todas las partes involucradas en el conflicto armado colombiano. En esta foto, un niño que asiste a un encuentro de familiares de personas desaparecidas en San José del Guaviare escribe: «Me siento muy triste». La foto fue tomada durante una reunión del CICR para familias. Imagen: Edgar Alfonso, CICR Colombia / Creative Commons BY-NC-ND 2.0
GIJN: ¿Tuviste algún tipo de guía de un editor o alguna formación especial para cubrir actores armados?
RC: Trabajé algunas historias con Gerardo Reyes, que venía de la primera Unidad Investigativa de El Tiempo. Una fue un perfil del Negro Acacio, exjefe guerrillero del frente décimo de las FARC, a quien casi nadie conocía. Con esa historia aprendí que el orden público se podía cubrir de otra manera: ir más allá, no quedarse con lo que decía un informe de inteligencia, sino investigar por cuenta propia. Pero más allá de esos trabajos, en general fue un proceso empírico en el que cometí muchos errores. Por ejemplo, al comienzo trataba a todos igual —narcos, policías, militares—; con el tiempo entendí que cada uno es distinto y hay que entender dónde te están metiendo goles.
GIJN: ¿Después de hacer esas primeras historias más investigativas tomaste la decisión de que eso era lo que querías hacer en adelante?
RC: No tomé nunca la decisión consciente de ser periodista de investigación; el destino me fue llevando a eso. Y en el camino también me di cuenta de que había un nicho poco explotado en el periodismo nacional: los temas de seguridad e inteligencia, sumamente complicados y peligrosos de investigar tanto en Colombia como en otros países. Me fui especializando en eso porque nadie más lo hacía.
GIJN: ¿Qué dificultades hay en investigar a los investigadores y a los espías?
RC: Es la parte más simpática, lo que lo hace distinto. El periodismo tiene áreas que pueden ser monótonas; este campo no. Se trata de gente que maneja inteligencia y está acostumbrada a manipular fuentes e información. Es más complicado, pero nunca aburrido. Puede ser peligroso —no digo que no me dé miedo—, pero lo hago por un interés superior: que la sociedad sepa que su agencia de inteligencia es corrupta, que está al servicio de los narcos, de los paramilitares, de los políticos de turno. Lo mismo pasa con los militares. Colombia es un país muy pro-militar, fanático de su fuerza pública pese a los falsos positivos (el escándalo de más de 6,000 ejecuciones extrajudiciales perpetradas por militares colombianos entre 2002 y 2008). El país le perdonó al Ejército algo gravísimo, una aberración, y aun así siguen siendo intocables. Era importante investigarlos también, derrumbar ese mito del héroe de la patria, porque también puede ser un villano.

“Como el escándalo político a veces no dejaba espacio para cubrir las masacres y no había suficiente personal, aunque yo era el reportero deportivo, me ofrecí voluntario para cubrirlas”, dice Calderón sobre cómo comenzó a investigar el conflicto armado en Colombia. En esta foto de 2011 de Bocas de Satinga, en Nariño, al sur de Colombia, las tumbas de víctimas no identificadas están marcadas con “NN”, de “sin nombre”. Imagen: CICR Colombia / Creative Commons BY-NC-ND 2.0
GIJN: ¿Cómo logras llegar a fuentes tan difíciles como los espías, especialmente si son de otro país? ¿Qué incentivo tendrían para hablar contigo?
RC: ¿Has visto la película Cadena de favores, con Kevin Spacey? Es un huesazo de película, pero con una premisa que sirve para este tipo de fuentes: uno le presenta a otro, que le hace un favor a este, y este le presenta a otro que le ayuda y así… Así he formado una red de personas que me van recomendando a otros para que me abran la puerta. Eso toma meses, y muchas veces fracaso, solo por ser periodista. Pero una vez me abren la puerta y logro sentarme con ellos, tengo una oportunidad. Y en eso he aprendido dos cosas importantes. Primero, hay que hablar el mismo lenguaje. No le hablas igual a un agente del FBI que a uno de la DEA, o a un español del CNI. Y segundo, hay que prepararse bien: si notan que no sabes del tema, no tendrás una segunda cita.
GIJN: ¿Cómo te proteges de ellos, de sus seguimientos o posibles interceptaciones?
RC: Partiendo de la base de que todos te están grabando, que todo lo que hablas ahí es como si fuera a publicarse en primera página. Al comienzo cuesta trabajo; aún me cuesta. Implica pensar y medir cada cosa que dices. Y no solo con agentes de seguridad, sino con narcos, guerrilleros, todos.
GIJN: ¿Cómo fuiste entendiendo que tenías que tomar precauciones adicionales de seguridad en este trabajo?
RC: Lo entendí cuando mataron a las fuentes en el caso DAS (El Departamento Administrativo de Seguridad fue la principal agencia de inteligencia y seguridad de Colombia hasta el 2011, cuando fue liquidada tras las revelaciones explosivas de Calderón en Semana). Perdí dos en ese caso, y en el de corrupción en el Ejército perdí una. Sabes que esa posibilidad existe y lo hablas con las fuentes, porque son investigaciones muy peligrosas. Pero la primera vez que te matan una fuente es un campanazo que te obliga a reevaluar todo en materia de seguridad.
GIJN: ¿Qué cambiaste?
RC: Antes buscaba sitios apartados, hoteles que creía que eran seguros. Aun así mataron a un par de fuentes. Entonces empecé a hacer entrevistas de madrugada, entre la 1 y las 4 am —es fácil notar si hay seguimiento a esas horas—, a cambiar de ciudad para las reuniones, y a invertir en comunicaciones: llegué a tener diez teléfonos desechables al mismo tiempo, uno por fuente. Esto era antes de Signal, en la época del Nokia 1101.
También aprendí que si la fuente es un ciudadano común, toca sembrarle la “paranoia buena” en la cabeza: no usemos esto, no vayamos a este lugar, es por tu bien. La gente da información sin ser consciente del peligro que corre y a veces me toca decirles: no voy a publicar este dato porque te pone en riesgo. Algunos se molestan, incluso pueden pensar que soy un mal periodista, pero ante todo tengo que protegerlos.
Otra cosa que me sirvió para aprender ciertos trucos fue cubrir temas policiales: estudiaba los expedientes de cómo habían hecho una operación y los investigadores me contaban off the record cómo quemaban vigilancias a un narco, y eso terminaba siendo aplicable a mi propia seguridad —cambiar rutinas, ir a 20 km/h en una autopista o tomar las cuatro orejas si sospechas que te siguen, porque nadie hace eso.
Todo esto fue ensayo y error; antes no existían los manuales de seguridad para periodistas que hay hoy.
GIJN: ¿Cuál historia ha sido la más retadora o peligrosa para tus fuentes y para ti?
R: El DAS, porque fueron siete años, divididos en dos etapas. Como cualquier agencia de inteligencia, todo estaba compartimentado. Eso fue difícil. Me costó trabajo entenderlo al principio pero luego fue una ventaja: me servía para contrastar lo que me decía uno con otro, sin venderlos entre sí. Por esa investigación me instalaron un micrófono en la oficina y llegaron las amenazas: entre coronas fúnebres y sufragios, casi diez, y una lápida al final, ya con otra investigación, la de los militares.
GIJN: Cuando te llegaron esas amenazas de muerte, qué opciones consideraste. ¿Parar la investigación, denunciar o publicar?
RC: No tuve que pensarlo mucho. Llevaba muy avanzada la investigación del DAS, con fuentes ya comprometidas. Parar implicaba dejarlas colgadas y hay una responsabilidad con la gente que arriesga la vida para entregarte información. El compromiso es llegar hasta el final, y muchas veces publicar termina protegiendo a esas fuentes más que el silencio. Eso no quita que tomara algunas medidas: un par de veces tuve escoltas, y una vez salí diez días a Londres, pero regresé y continué porque —una de las desventajas de trabajar como lobo solitario— no tenía quién me reemplazara si algo pasaba y no podía hacer ese trabajo en el exilio.
GIJN: ¿Cómo se responde cuando el gobierno intenta imponer una narrativa que busca desmentir o tergiversar la investigación y minar tu credibilidad como periodista ?
RC: Lo aprendí con sangre, sudor y lágrimas con el gobierno de Alvaro Uribe, que para el 80% de los colombianos era Dios en la tierra en ese momento. Entendí que hay que tener suficiente munición —tal vez no debería usar metáforas militares— y no quemar todos los cartuchos en la primera publicación. Eso implica guardar reportería que muchas veces no necesitas, por si acaso. No hay que publicar todo de una vez, sino “pitufear” la información. Además, trato de hacer investigaciones simultáneas, abrir frentes distintos para poder responder por lados que no esperan. Siempre pienso, antes de publicar, en el peor escenario: ¿por dónde me van a atacar?
Con el expresidente Gustavo Petro también pasó hace poco: dijo que la información publicada en una investigación era de la CIA. Eso no tenía pies ni cabeza, pero nos obligó a sacar una nota para responder. El problema no es lo que diga la gente en redes sociales, sino que esa narrativa llegue a oídos de fuentes que pueden llegar a creerla. Es una labor extremadamente didáctica y desgastante, y como yo no tengo redes para defenderme, muchas veces son colegas los que terminan asumiendo esa defensa.
GIJN: En esa investigación reciente hubo críticas porque se publicó después de las elecciones presidenciales y no antes. ¿Cuándo debe salir una investigación?
RC: Cuando está lista al cien por ciento. En esa investigación sobre las negociaciones de Paz Total entre el gobierno de Petro y el Clan del Golfo, teníamos unos audios que hubiera sido fácil publicar en bruto. Pero una filtración nunca es una investigación, aunque puede ser el comienzo de una. Cogimos línea por línea, verificamos por derecho de petición y cruzamos con más de quince fuentes humanas y documentos —esa investigación tomó seis meses por dos audios. Muchas de esas fuentes ni aparecen citadas, porque no sirven para contar la historia sino para corroborarla.
GIJN: Trabajaste más de 20 años en prensa escrita; ahora en televisión. ¿Cómo ha sido ese cambio y ese proceso de adaptación?
RC: Ha sido complicado. En prensa puedes proteger mejor a las fuentes con palabras; en televisión, aunque distorsiones la imagen o la voz, el riesgo persiste. Si no tienes imagen, no tienes nada, y muchas historias sencillamente no ven la luz por eso. También perdí el anonimato —hasta hace cinco años no había fotos mías—, y eso afectó la posibilidad de pasar desapercibido con las fuentes, de encontrarme con ellas en cualquier restaurante, por ejemplo. Pero también he ganado algo: el impacto de la televisión es brutal.
GIJN: Hablando de impacto y audiencias, ¿crees que el público todavía valora el periodismo de investigación?
RC: Los medios están en una crisis de credibilidad seria, pero hay un nicho que sí lo valora. A la gente le interesa leer o ver algo largo si está bien hecho, y creo que el periodismo serio va a seguir teniendo importancia — tal vez no masiva, pero sí para quienes quieren estar bien informados. Tampoco creo que la IA nos vaya a reemplazar: no puede evaluar la cara de alguien para saber si miente, ni hacer una contrapregunta.
GIJN: ¿Esta profesión puede tener costos muy altos, a nivel personal, familiar, de salud. ¿Alguna vez has pensado en retirarte y dedicarte a otra cosa?
RC: Mi única limitante es la edad. Hay cosas que ya no quiero hacer, como el breaking news. Eso es para jóvenes. Con los años, uno se cansa más. La experiencia, sin embargo, también trae sus ventajas. Uno termina siendo como un león viejo y sabio que sabe cuántas gacelas hay, pero ya no las caza todas: apunta a la mejor que puede cazar.
Catalina Lobo-Guerrero es periodista y editora independiente radicada en Colombia y colaboradora habitual de La Silla Vacía, Ojo Público, CLIP, El País y Armando.info. Es autora de «Los restos de la revolución», un libro de no ficción que narra el desmoronamiento de Venezuela durante su etapa como corresponsal extranjera en Caracas entre 2012 y 2015. Anteriormente, fue editora de la sección en español de GIJN y reportera de investigación política para Semana.