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Cómo lo hicieron: investigar el Tapón del Darién

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Cómo lo hicieron: la cobertura del Darién, uno de los cruces fronterizos más peligrosos del mundo. Imagen de Nadja Dros.

Cada año, miles de migrantes procedentes de África, el sur de Asia, Medio Oriente, América del Sur y el Caribe cruzan el Tapón del Darién, una majestuosa y mortífera frontera, selva tropical, que conecta Colombia y Panamá.

“El Tapón del Darién” es un nombre apropiado para evocar la naturaleza de esta jungla densa y hostil. Muchos de los proyectos de infraestructura planeados para esta área, desde caminos hasta vías ferroviarias y canales interoceánicos, se han abandonado; sigue siendo una frontera salvaje, un territorio controlado por el crimen organizado y los grupos guerrilleros. 

El paisaje agreste genera una gran variedad de riesgos adicionales, como mordidas de serpientes, enfermedades tropicales, precipitaciones de lluvia extremas y terreno traicionero. A lo largo del recorrido de siete días a través del corazón de esta jungla de 5,000 kilómetros cuadrados, pueden encontrarse constantes recordatorios de los riesgos mortales de cruzar el Tapón del Darién: cráneos, clavículas y fémures de los cadáveres de migrantes sin enterrar.

“Lo que me preocupaba, más que encontrarme por accidente las guerrillas o los Urabeños [un cartel de tráfico de droga liderado por paramilitares], eran los criminales que no formaban parte de una estructura de crimen organizado”, explica Nadja Drost, cuyos reportajes para The California Sunday Magazine sobre este desesperado cruce fronterizo le valdrían el Premio Pulitzer de redacción de artículos en 2020. También informó sobre esta historia para PBS NewsHour. “Los reportes que habíamos estado recibiendo sobre atracos sistemáticos y agresiones sexuales a los migrantes en el camino eran, diría, mi principal preocupación en cuanto a seguridad”. 

Drost, junto con los camarógrafos y fotoperiodistas Bruno Federico y Carlos Villalón, se unió a un grupo de migrantes, cruzando a pie el mismo peligroso camino que tantos otros habían realizado, durmiendo en hamacas, protegiéndose de la lluvia con una carpa y guiados por un contrabandista local.

El jurado del Premio Pulitzer describió el artículo de Drost para la revista como “un relato valiente y apasionante sobre la migración global que documenta el trayecto a pie a través del Tapón del Darién, una de las rutas migratorias más peligrosas del mundo”. 

Mientras se informa sobre otros cruces de migrantes en el Mediterráneo o la frontera entre México y Estados Unidos, el Darién se encuentra cerrado a los periodistas debido a los peligros de la selva y los grupos armados. Antes de este reportaje, la mayoría de las piezas sobre el Tapón del Darién —como este relato del Wall Street Journal, fotografiado también por Villalón— dependían de corresponsales en los pueblos de Colombia o Panamá desde donde partían o llegaban los migrantes, sin aventurarse dentro de la ruta.

Cruce de continentes

El año pasado, 133,000 migrantes realizaron este cruce y en 2022 se calcula que las cifras serán aún más altas. La mayoría llega al lado colombiano del Tapón del Darién a través de otro país latinoamericano y, por lo general, se dirigen al norte, hacia los Estados Unidos. Buena parte de los que se enfrentan a este peligroso cruce son haitianos, seguidos en número por cubanos y venezolanos. Pero otros provienen de lugares tan lejanos como Camerún y Angola en África, o Pakistán y Sri Lanka en Asia. Llegan aquí tras un tortuoso viaje que a menudo comienza cuando se enteran, a través de las redes sociales, de algunos países sudamericanos con leyes de inmigración laxas.

“Hay algunas condiciones que han permitido la existencia de esta ruta”, señala Federico. “Una es el cierre total de las fronteras europeas. Los inmigrantes que intentan llegar a Europa terminan en centros de detención, ahogados en el Mediterráneo o se encuentran con bloqueos en algún punto”. Con los caminos a Europa cada vez menos accesibles, los migrantes del sur se han enfocado en sacar ventaja a las políticas más amigables con la migración en países como Ecuador, Brasil y Perú. 

Migrantes vadean con sus posesiones y ayudan a niños pequeños a cruzar uno de los ríos del Tapón del Darién. Imagen: Nadja Drost.

Desde estas locaciones iniciales, los migrantes siguen rutas constantemente cambiantes en su trayecto hacia el norte camino al Darién; después, suben por tierra a través de América Central, hacia la frontera norte de México y, finalmente, a los Estados Unidos.

El trabajo periodístico sobre estas rutas de contrabando es casi inexistente y hay poca información confiable sobre organizaciones específicas o los individuos que las dirigen. ¿Cuántas rutas son manejadas por una sola organización criminal? ¿Se controla de manera independiente cada trecho del camino?

“Yo creo que hay un sistema de trata de personas manejado desde China o Bangladesh”, dice Villalón, un fotoperiodista chileno que ha vivido en Colombia durante 20 años. “Un migrante bangladesí me dijo una vez que su deuda en Bangladesh era de $40,000 dólares. Esto significa que alguien en Bangladesh le prestó dinero para viajar hasta Nueva York. Si todavía tienen que pagar esa cantidad a alguien en su país de origen, asumo que es porque existe un sistema muy bien organizado que abarca varios países”.

Atravesar el Darién

Los tres periodistas que trabajaron en esta historia lo hicieron como periodistas independientes. Drost, que nació en Canadá, ha vivido en Colombia desde 2009, trabajando primero para el Global Post y después como periodista independiente para medios como Time Magazine, Al Jazeera America, The Globe and Mail y la BBC.

Federico empezó a realizar documentales independientes en Colombia en 2010 y, desde 2016, ha hecho reportajes para PBS NewsHour con regularidad. Su cobertura del proceso de paz en Colombia con las guerrillas de las FARC, en la que colaboró con Drost, le valió un par de premios del 2017 Overseas Press Club Award.

 

Por su parte, Villalón empezó a informar sobre el Tapón del Darién a principios de los 2000. Su profundo conocimiento del terreno y los contactos que había establecido durante décadas fueron lo que permitieron al equipo realizar el viaje con seguridad.

“Cuando empecé a visitar el Darién, viajé por la selva con algunos contactos que había conocido en un bar local, pero fue un desastre y esas mismas personas intentaron robarme y me abandonaron. Después, viajé por el río con guías locales indígenas. Ellos también me abandonaron”, cuenta Villalón. “Tener un guía en quien pudiera confiar era mi principal prioridad. Así que, después de años trabajando en el Darién, le pedí a un amigo de una familia local en el pueblo de Acandí, que vivía ahí desde que este se fundó, que me presentara a uno”.

El guía era un hombre que había explorado el Tapón del Darién a lo largo de 40 años, cazando o buscando oro, y que conocía a todos los que se adentraban a la jungla. Villalón realizó la ruta migratoria a su lado varias veces y comprendió el valor de trabajar con él: “Cuando fuimos con Nadja y Bruno en 2019, vimos a unos ladrones operando muy cerca de la frontera con Colombia y nuestro guía sabía quiénes eran ellos y sus familias”, dice. “Eran hombres jóvenes que huyeron tan pronto nos vieron”. 

Villalón explica que los ladrones siempre asaltan a los migrantes en el lado panameño de la frontera, nunca en el colombiano, probablemente porque los grupos armados ilegales que operan en Colombia les prohíben a los criminales robar en el territorio que ellos controlan. La gente del Darién le ha dicho a Villalón que las ganancias que estos grupos podrían obtener con  el comercio de migrantes no es nada comparado con lo que ganan traficando drogas.

Sin embargo, la presencia de estas bandas y la inseguridad general en el lado colombiano de la frontera representaban una complicación. Villalón dice que su guía se aseguró de que quienes representaban una amenaza supieran que habría periodistas informando sobre la ruta migrante, cuántos días estarían y en qué caminos. Según Villalón, estas precauciones mitigaron el riesgo de que alguien les hiciera daño: de algún modo, habían sido extraoficialmente autorizados por quienes controlan la región. 

“Tuvimos muchas cosas importantes jugando a nuestro favor”, dice Drost. “La primera fue que cualquier ladrón en potencia reconocía a nuestros guías. La segunda, que viajamos con un grupo grande, cuyo tamaño nos ofrecía cierta protección. Había, creo, un total de cinco guías y al final del viaje éramos hasta 35 migrantes”.

Cada guía les cobró a los periodistas $200 al día a cambio de llevarlos a través de la jungla. El precio valió la pena, según explica Villalón: “Si vas a un lugar así sin el apoyo local adecuado, lo más seguro es que no consigas nada, o que te pase algo muy malo”.

Bruno Federico cruzando uno de los ríos durante el viaje, sosteniendo su equipo de rodaje. Imagen: Nadja Drost.

Cuando llegó la hora de partir, los periodistas trajeron consigo por precaución: el doble de la comida que necesitarían, agua, un botiquín de primeros auxilios, antídoto contra veneno de mordeduras de serpiente, varias bolsas de suero con una solución salina, un teléfono satelital y un rastreador GPS que enviaba una señal diaria al productor de PBS NewsHour con su ubicación aproximada. 

La expedición de una semana a través del corazón de la selva tropical fue difícil. Todo el equipo, incluyendo aparatos electrónicos frágiles, debía ser transportado en mochilas y bolsos de lona por una de las regiones más húmedas del mundo. El equipo pasaba las noches en hamacas colgadas en árboles y no había aldeas o posibilidades de abastecerse por el camino. Incluso un simple accidente, como una torcedura de tobillo o una caída, podía arriesgar el viaje periodístico, o peor. 

Sin embargo, una beca del Pulitzer Center, organización integrante de GIJN, incluía una póliza de seguro —algo que las organizaciones mediáticas no suelen ofrecer a los periodistas independientes—. Esta póliza cubría los gastos en caso de una evacuación de emergencia. 

Aún así, como freelancers, Drost señala que se enfrentaban a complicaciones adicionales al emprender un proyecto tan complejo y arriesgado como este: si un periodista de la redacción de una organización mediática se lastima y no puede trabajar, sigue recibiendo un salario. Como periodistas independientes, una herida en el camino les habría impedido seguir trabajando durante meses, sin otra paga que los honorarios de las piezas que ya hubiesen vendido.

Informando sobre el trayecto

Drost y Federico pasaron seis meses trabajando exclusivamente en este ambicioso proyecto, mientras que Villalón proporcionó, más que nada, la logística y los contactos para el viaje y las fotografías para The California Sunday Magazine. La etapa de reporteo involucró tres semanas en el campo: una en Capurganá, Colombia; una realizando a pie el trayecto migratorio y una en Panamá. Después, Drost y Federico se tomaron entre dos y tres meses para escribir y editar los programas para televisión. Asimismo, Drost terminó la pieza para la revista después de tres meses intensos de trabajo constante.

Para crear esta historia, fue fundamental el nivel de confianza personal que generó Drost con sus fuentes, dado el riesgo que podrían percibir los migrantes de ser identificados en una pieza periodística. “Vivir esta experiencia juntos ayudó enormemente”, explica Drost. “Mi estrategia para el artículo de la revista, al menos, fue no conducir ninguna entrevista en profundidad a los migrantes durante el trayecto, aunque sabía que las necesitaría para cualquier persona que se convirtiera en un protagonista de la pieza, y que tendría que entrevistarlos durante muchas, muchas horas”. Su enfoque en la ruta migratoria fue únicamente conocer a la gente, hacerse una idea de cómo eran y construir una relación con ellos. 

Drost pasó 24 horas en el trayecto con grupos de Camerún y Pakistán que terminaron protagonizando el artículo de la revista. Solo los entrevistó una vez que llegaron a Panamá, donde tuvieron que esperar para ser trasladados a la frontera con Costa Rica. 

Nadja Drost interviewing migrant

Nadja Drost entrevistando a un migrante. Imagen: Bruno Federico

Federico explicó que su primer reto fue producir dos tipos de material al mismo tiempo: fotografías para la revista y video para un formato periodístico televisivo. Con solo 10 baterías de cámara disponibles, una por cada día y sin manera de recargarlas, filmó mucho menos de lo normal. El grupo también llevó consigo un dron para capturar la inmensidad y belleza de la selva tropical, pero era incómodo y difícil de transportar por la jungla. 

“Intenté capturar imágenes que nacieran de nuestra relación personal con los migrantes”, cuenta Federico. “De hecho, aún quedamos para almorzar con algunos de ellos en Nueva York. Han pasado tres años y no hemos perdido contacto”.

En enero de 2021, Drost narró en Twitter lo que describió como un “encuentro increíble”. Dos años después de publicar su pieza, un hombre bangladesí que estaba entregándole su comida en Nueva York la reconoció después de haberla visto en el reportaje de PBS NewsHour. Había realizado el mismo trayecto que los periodistas unas semanas después. “Ripol [el migrante bangladesí] ha compartido el video con sus amigos y familiares; los ayudó a entender por lo que pasó para llegar aquí”, explicó Drost en su hilo de Twitter. “Ahora que he reconectado con muchos de los que llegaron a los Estados Unidos, algunos de estos solicitantes de asilo me han dicho lo mucho que significó para ellos ver su travesía reporteada”.

Drost señaló que esto hace que los migrantes se sientan vistos después de soportar una experiencia tan desgarradora y que otros reconozcan su sufrimiento alivia el peso de cargar con ello por sí solos. También escribió, refiriéndose a otros como Ripol: “Incluso si el periodismo no cambia la razón por la que tuvo que atravesar una jungla traicionera para llegar hasta aquí, o cómo se le trata aquí dentro del deshumanizante sistema de asilo, todavía puede significar algo para las personas que viven esa historia: el simple hecho de relatarla y contar su verdad”.

Nota del editor: Este trabajo periodístico le valió a Drost el Premio Pulitzer por su reportaje When Can We Really Rest? publicado en The California Sunday Magazine, el 2021 Michael Kelly Award (también por la pieza de la revista), mientras que Drost y Federico ganaron el 2021 Peabody Award por su reportaje Desperate Journey que se emitió en PBS NewsHour. 

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Guía para periodistas: tráfico de personas, un mal a la vista de todos

Cómo lo hicieron: colaborando a través del continente para hablar sobre las historias nunca antes contadas de migrantes latinoamericanos 

Mapear muertes de migrantes en el desierto de Sonora con SIG (GIS)


Santiago Villa es un periodista condecorado que ha escrito para medios latinoamericanos durante más de una década. En la actualidad, está residenciado en Colombia y escribe una columna de opinión para El Espectador. Ha trabajado como corresponsal extranjero en Sudáfrica, China, Venezuela y Ecuador. 

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