Un teatro haitiano destruido por el terremoto de 2010 sirve actualmente como refugio para personas desplazadas por la violencia o que huyen de zonas controladas por grupos armados. Fotografía de Juan José Martínez D'Aubuisson, publicada con permiso.
“Recorrer tan solo una cuadra en Puerto Príncipe equivalía a viajar casi 1.000 km en otras latitudes del mundo”: los obstáculos del periodismo etnográfico en Haití
Leer este artículo en
Durante más de una década, el periodista y antropólogo salvadoreño Juan José Martínez D’Aubuisson ha empleado la práctica del periodismo etnográfico para retratar la violencia y explicar cómo las pandillas se transforman y redefinen distintos lugares del continente americano.
Su trabajo periodístico en Honduras, República Dominicana y Haití, por mencionar algunos de sus trabajos más recientes, ha sido reconocido con diversos premios. En 2024 recibió el Premio Ortega y Gasset de El País por La Mosquitia: la selva hondureña que se ahoga en cocaína, un reportaje que documenta la destrucción de la mayor selva tropical de Centroamérica a causa del narcotráfico. Ese mismo año, Frontera Masacre, su investigación sobre la violencia que enfrentan los haitianos en República Dominicana, fue seleccionada como finalista para un premio del True Story Festival. En 2025, su investigación En busca de Mikelson: un apartheid en el Caribe ganó el prestigioso Premio Gabo en la categoría de texto.
Sobre Haití, este año ha publicado tres piezas de largo aliento. La primera se titula Habitar un cadáver, publicada por El País, perfila los grupos armados que se disputan el poder en la capital haitiana. La segunda, La ciudad de los muertos vivientes, publicada en la revista 5W, describe las dinámicas de los campos improvisados de refugiados en Puerto Príncipe. Finalmente La masacre de los abuelos, publicada por la BBC, detalla una ejecución masiva cometida por una banda criminal en Haití.
Hablamos con él sobre las complejidades de informar en lugares donde cada paso y cada pregunta deben ser cuidadosamente meditados, y sobre por qué está tan comprometido con hablar con aquellos a quienes resulta difícil contactar debido a sus experiencias. La entrevista ha sido editada por razones de extensión y estilo.
GIJN: ¿Cuándo y por qué te interesó investigar Haití?
Juan José Martínez D’Aubuisson: Conocí la región del Caribe desde joven, en una estancia de estudios en Belice en el 2006 que rompió, por decirlo de alguna manera, con mi provincianismo de haber vivido en El Salvador toda la vida. Yo tenía 19 años cuando ocurrió esto.
Estar en el Caribe, con una historia profundamente caribeña y una composición social y cultural igualmente caribeña, me pareció fascinante. Conocí de cerca a uno de los grandes motores del mundo. Incluso antes de las grandes invasiones europeas, buena parte de los procesos de ocupación y colonización del continente americano se articularon a través de la región.
Yo pasé siete años investigando para mi libro sobre la región caribeña de Honduras, centrándome en la violencia y en las pandillas. Ambos temas, que son de gran interés para mí, coincidieron en Haití. Estudié el país antes de comenzar mi investigación en Puerto Príncipe. También tuve una serie de viajes previos en la frontera sur de México donde conviví con migrantes haitianos, posteriormente en toda la franja fronteriza de Dajabón en República Dominicana.
GIJN: ¿Qué te sorprendió al investigar en Haití, comparado con tu trabajo en otros países de América Latina?
JJMD: Los procesos que ocurren en América Latina están presentes en Haití: la corrupción institucional profunda, un pasado de dictaduras militares escalofriantes, la injerencia de Estados Unidos, la migración masiva, la presencia de bandas juveniles que terminan siendo pequeños ejércitos que controlan algún espacio que el Estado no puede o no tiene interés en controlar.
A nivel de la minucia del trabajo de campo, sí hay una diferencia importante. En Centroamérica de alguna manera nos entendemos como un pueblo mestizo (y aquí pueden no estar de acuerdo los colegas antropólogos), conocemos un mismo idioma y ciertos códigos culturales, que es una cosa que no me ocurrió en Haití. Entonces, el trabajo directamente no solo con las bandas, sino en general con víctimas, con otro tipo de fuentes, con organizaciones civiles, con líderes religiosos en Haití, fue complejo.
El idioma también es una barrera. Mi creole es malo. Conozco los rudimentos del creole, pero no lo domino. Entonces hablar con la gente, no solo por el idioma, sino por una serie de códigos culturales, era muy complicado.
GIJN: ¿Cómo influyó tu condición como periodista extranjero al cubrir Haití?
JJMD: En América Latina me considero mestizo, en Europa soy moreno, en Haití soy blanco. Eso me pone en el centro de la trayectoria histórica que ha tenido Haití por los pueblos extranjeros entrando siempre a robar, a saquear y a dejar las cosas peor de cómo las encontraron.
Mi color de piel y mi posición como extranjero fue interpretada como una amenaza, al grado de intentar matarme en una ocasión e intentar asustarme en muchas ocasiones, a diario, en mi estancia en Haití.
GIJN: ¿De qué manera lograste hacer periodismo con las condiciones descritas?
JJMD:
Para eso está el método y hay que insistir en apegarnos a la guía de trabajo que hemos desarrollado, que hemos hecho antes de ir, apegarnos al guión y continuar. Si una fuente no contesta, insistir nuevamente y tratar de convencerlos de que estamos ahí no para robarles, sino para tratar de explicar lo que sucede en ese lugar y con eso aportar un poco de conocimiento idealmente a la solución de los problemas, que es lo que yo al menos yo sí creo.
Tratar de convencerlos, hablar con honestidad y pasado un tiempo, la gente comienza a percibirlo a uno como un riesgo menor, nunca como no riesgo, pero como un riesgo menor, y empiezan a ser, con el tiempo, más abiertos.

Una antigua escuela en Puerto Príncipe que ahora funciona como campo de refugiados. Una mujer que huyó del barrio de Solino mira desde el segundo piso del edificio con sus hijos, donde ahora viven. Imagen: Cortesía de Juan José Martínez D’Aubuisson
GIJN: ¿Qué tan difícil fue acceder a las fuentes y comunidades que aparecen en el reportaje?
JJMD:Es complicado acceder por el contexto actual. En el caso de República Dominicana, las comunidades haitianas que viven ahí son comunidades asediadas, tanto por el Estado como por la sociedad dominicana, que entienden todo como riesgoso, y esto los pone alerta. Es difícil y requiere tiempo, muchísimo tiempo, de estar regresando una y otra vez a una honestidad extrema a la hora de hablar con ellos y ser muy claro, pero sobre todo creo que la clave tiene que ver con insistir en permanecer. Hay que permanecer en los lugares el tiempo que haga falta.
Con esta máxima podemos también comparar a las poblaciones y a las fuentes a las que nosotros les pedimos que nos abran la casa y su vida. La gente no tiene por qué hacerlo si no nos conoce. Y es cierto que no nos van a conocer en un par de semanas o un par de meses. Pero sí podemos llegar a un punto medio de empatía y de conocimiento mutuo en donde ya no sea raro que esas personas nos cuenten cosas.
En el tema de accesibilidad física, para llegar a Puerto Príncipe tuve que viajar de Miami a Nassau, en las Bahamas, luego a Islas Turcas y Caicos y posteriormente a Cabo Haitiano, de ahí salir en helicóptero para Puerto Príncipe, luego moverme en un vehículo hasta PétionVille, donde me quedé las cinco semanas.
Recorrer tan solo una cuadra en Puerto Príncipe equivalía a viajar casi 1.000 km en otras latitudes del mundo, por las condiciones específicas de violencia y de falta de acceso que hay en la ciudad. Fue difícil pero es parte de la apuesta del periodismo etnográfico, estar en los lugares cuando ocurren las cosas que estamos explicando.
GIJN: ¿Qué recomendaciones darías a un periodista que quiere hacer investigación en Haití y quiere protegerse?
JJMD: Creo que la mejor manera de protegerse mientras hacemos trabajo de campo es el estudio previo, es decir, el proceso de referenciación que tengamos antes de entrar a un lugar. Tenemos que conocer ese lugar, haber estudiado lo que está escrito sobre ese lugar, haber leído con detenimiento los informes de Naciones Unidas, la literatura académica sobre ese sitio y sobre la gente que lo habita, haber leído los trabajos de otros periodistas y otros colegas. Casi nunca vamos a ser los primeros en llegar a un lugar.
Hay que conocer el mapa de actores. ¿Quiénes son los actores importantes? ¿Cómo funciona el poder? Y eso lo podemos más o menos entender desde lejos, haciendo entrevistas con gente que está ahí, que escribió sobre esos lugares.
Si tenemos claro quién está en el poder, va a ser más difícil cometer errores. Así ya sabremos dónde no ir solos y qué preguntas no hacer en público o cómo no vestirse o qué palabras no mencionar o con quién movernos. Si hacemos un trabajo previo, ¿es aburrido? Sí, supongo que para algunas personas lo será. Probablemente sea más entretenido estar en un taller de seguridad para periodistas donde te disfrazas como soldado y te enseñan a arrastrarte en el suelo huyendo de los tiros, pero honestamente sirve mucho menos.
GIJN: ¿Qué protocolos de seguridad implementaste para investigar en zonas controladas por grupos armados?
JJMD: Yo trabajo siempre con mi editor de cabecera, que es el editor y jefe de Dromómanos, una plataforma con la cual hemos publicado todos estos materiales y otros de otros lugares. Dromómanos está afincada en México y mi editor se llama José Luis Pardo Veiras. Juntos diseñamos un esquema de seguridad en donde estamos todo el tiempo en contacto, en donde él tiene una lista larga de personas a las cuales recurrir si yo no contesto en un tiempo determinado.
Él sabe dónde estoy, dónde estaré. Hacemos una llamada diaria de cuál será el itinerario de esa jornada, una vez por la mañana, una vez por la tarde, una vez por la noche, porque muchas veces hay trabajo de noche.
Esta persona y su equipo saben dónde estaré, saben a qué voy, saben qué preguntas voy a hacer, saben con qué gente voy a hablar, saben cómo me voy a mover y saben más o menos el abanico de decisiones que yo tomaría, porque lo hablamos en reuniones largas antes del viaje, ellos saben lo que yo haría en una situación de riesgo. Saben si llevo un vehículo o si no lo llevo y si ando en un un vehículo saben qué placas tiene y qué características tiene. Saben más o menos por dónde huiría en caso de que sucediera algo.
Ese es el protocolo para cada uno de esos panoramas: llamar a la policía local, tendrán el número de algún ministro de seguridad, del lugar donde estoy o del jefe policial de la zona, le dirán quién soy, dónde y con qué personas estoy, por qué estoy en riesgo y a qué institución represento. Y el problema en que se meterían o no, si me pasa algo en su territorio. Son estos protocolos armados previamente los que te brindan seguridad, los que te permiten saber hasta dónde sí, hasta dónde no y saber que tienes un equipo detrás.
Ahora, dicho todo esto, nada te exime de pasar riesgo de que te sucedan cosas malas… Hay que saber manejar estos dos pedazos de la cabeza, la parte inconsciente y la parte racional, estar enfocados en lo que hacemos y ante señales de peligro, no avanzar, huir, retroceder, seguir, escondernos, etcétera.

Juan José Martínez D’Aubuisson (segundo por la izquierda) interviniendo en un panel de GIJC25 sobre periodismo etnográfico. Imagen: Joanna Demarco para GIJN.
GIJN: ¿Hubo lugares o fuentes a las que decidiste no acercarte por razones de seguridad? ¿Cómo resolviste esas limitaciones?
JJMD: Hubo muchos lugares a los que quise haber ido, por ejemplo, me hubiese encantado estar en Wharf Jérémie, un lugar del cual yo escribo sobre una gran masacre, la masacre más grande del siglo XXI, 207 personas fallecidas. Yo recreé esta masacre por referencia, hablando con sobrevivientes.
Me hubiera encantado ir ahí a hablar con el Warlord, Monel Mikano, pero no fue posible, no habían vías para llegar hasta allá. Nadie podía acompañarme y no tenía ningún tipo de vehículo para llegar. Además, sí había una certeza de que si llegaba, ahí me iban a matar directamente, no a secuestrar, no a insultar, directamente me iban a matar.
GIJN: Finalmente ¿cómo decidiste qué historias personales incluir en tus investigaciones?
JJMD: Esa es una pregunta interesante. Las historias personales las ponemos por dos motivos.
Uno, es por la capacidad que estas historias individuales tengan de explicar los procesos socioculturales mayores ulteriores que estén ocurriendo en esos lugares y que al no poder explicarlo de manera etérea, los explicamos encarnados en una persona o en una comunidad. La otra es elegir historias por su sentido extraordinario, hay historias que son tan particulares, tan extremas que queremos documentarlas por lo raro que es que alguien le ocurra eso.
Andrea Arzaba es la editora en español de GIJN y directora del proyecto Amenazas Digitales. Posee una maestría en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Georgetown en Washington D.C. y una licenciatura por la Universidad Iberoamericana en Ciudad de México. Sus artículos han aparecido en Palabra, Proceso Magazine, Animal Político y 100 Reporteros, entre otros medios.