Preguntas incómodas, respuestas difíciles y un debate bien movido en Centroamérica

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Pilar Alvarez (El País) Luciana Peker (Página 12) María Luz Nóchez (El Faro) y Juan Carlos Rincón (El Espectador) discutiendo sobre el impacto del #MeToo en el periodismo, durante la última edición del ForoCAP en El Salvador. Cortesía: El Faro

La última vez que estuve en El Salvador terminé tan afectada por las historias de violencia y machismo que sufren las salvadoreñas que escribí una columna de opinión para The New York Times que comenzaba así: “No quiero volver a El Salvador. ” Tuve que tragarme mis palabras y hacerme la valiente para regresar el pasado 13 de mayo al Foro de Periodismo Centroamericano Foro-CAP o a la gran “juntura”, como le dicen los locales. Es una cita obligada para periodistas, escritores y artistas de la región en la que se discuten algunos de los temas más urgentes -y deprimentes- y el papel que el periodismo juega o podría jugar en ellos.

El Salvador, Nicaragua, Guatemala y Honduras fueron zonas calientes para el periodismo internacional en la década de los ochenta. Los enviados especiales aterrizaban en ellas para escribir sobre las revoluciones armadas de izquierda que estaban surgiendo y todo lo que Estados Unidos hacía para evitar que prosperaran. Una vez terminó la Guerra Fría y la mayoría de estos países llegaron a acuerdos de paz, el foco de atención se desplazó hacia otros lugares del mundo. Centroamérica se quedó sola tratando de encontrar la manera de reconstruirse democráticamente sin muchos fondos, instituciones sólidas o grandes liderazgos políticos.

Fue entonces cuando apareció El Faro, un medio digital pequeño e independiente, fundado en 1998 por un grupo de periodistas aguerridos y talentosos, en su mayoría hombres, que se han hecho un nombre escribiendo sobre las pandillas: la Mara Salvatrucha-13 y el Barrio18. Más allá de su reportería a fondo sobre las maras, El Faro se ha convertido en referente del buen periodismo frentero y promotor del debate público en la región. El Foro-CAP, que organizan cada mayo desde 2010, ha sido fundamental en ese propósito.

Este año, las conversaciones giraron en torno a una idea con múltiples significados: sociedades en movimiento. Además de las conferencias y paneles de discusión que exploraron el tema desde diferentes perspectivas -con la ayuda de más de sesenta invitados especiales- el Foro-CAP organizó talleres de capacitación que abordaban desde la investigación en entornos desafiantes, pasando por el periodismo con enfoque de género y la ilustración gráfica. También hubo conciertos de hip-hop y música clásica, graffiti en las calles y exhibiciones de fotos e ilustraciones en galerías locales. Más de 3500 personas, la mayoría centroamericanos, disfrutaron de todas las actividades realizadas entre el 13 y el 18 de mayo en San Salvador.

Momotombo, un grupo nicaraguense, hace su presentación durante el concierto final del ForoCAP. Cortesía: El Faro

El desastre migratorio

La periodista estadounidense Julia Preston fue una de esas corresponsales extranjeras que cubrieron la guerra en El Salvador. Luego continuaría escribiendo sobre miles de hombres y mujeres de la región que han huido hacia los Estados Unidos como inmigrantes indocumentados. Desde que llegó al poder, el presidente Donald Trump los ha señalado como  “violadores” y “delincuentes”. (Pero como lo demostró este análisis reciente de los colegas de Preston en  The Marshall Project no existe una relación directa o correlación entre los inmigrantes sin papeles y el crimen en ese país.)

La “crueldad planificada”, así fue como Preston catalogó la decisión del gobierno de Trump de cancelar el Programa de Protección Temporal para unos 200,000 salvadoreños que llevaban más de 20 años viviendo en los EE. UU. La periodista habló sobre éste y otros temas relacionados con Carlos Dada, uno de los fundadores de El Faro, frente a miles de personas que llenaron el teatro Fepade para la charla inaugural del ForoCAP.

Preston no se quedó hasta el final del foro. Si lo hubiera hecho tal vez se habría encontrado con el fiscal general de Estados Unidos, William Barr, quien se registró en el mismo hotel donde nos alojábamos la mayoría de los periodistas. Le ofreció una entrevista exclusiva a Fox News sobre cómo el Departamento de Justicia está combatiendo la violencia de las pandillas en la región, que considera una amenaza para los EE.UU. 

La discusión sobre la migración y cómo informar sobre ella continuó a lo largo de los días con periodistas de televisión y video como Marcela Gaviria de Frontline y Almudena Toral, de Univision. Ambas están tratando de descubrir cómo contar esta historia para audiencias más interesadas en series de Netflix y en sus documentales, que no siguen las mismas reglas éticas ni los estándares de rigor de las cadenas para las que trabajan. También se preguntan cómo llegar a aquellos estadounidenses que no parecen preocuparse en absoluto por el tema o creen en la retórica del gobierno de Trump.

La migración no es solo una historia centroamericana, es un tema global y los fotoperiodistas la han visto más de cerca que la mayoría. Fue interesante escuchar a Pau Coll, Federico Rios, Fred Ramos y John Moore -otro veterano que comenzó en Nicaragua en la década de los ochenta- hablar sobre las historias detrás de sus imágenes y lo que han aprendido sobre el terreno: en los puntos de cruce terrestre en casi todos los continentes, a bordo de los barcos de rescate en el Mediterráneo, al interior de los centros de detención en Texas y entre las carreteras curvilíneas que cruzan las montañas colombianas o los desiertos en Libia.

“A veces mis fotos me dejan con preguntas”, dijo Moore ante una de sus imágenes, tomada en un centro de detención en la frontera entre México y Estados Unidos: un primer plano de la mano de un hombre, con esposas, unida a la de una mujer. Sus fotografías y sus palabras nos dejaron a muchos pensando: ¿dónde están las respuestas a esta crisis migratoria global y qué podemos o debemos hacer como periodistas?

El movimiento nicaragüense

A media mañana del jueves 16 de mayo, un terremoto de 5.7 en la escala de Richter, cuyo epicentro fue la triple frontera, hizo temblar a El Salvador, Honduras y Nicaragua. No hubo mayores daños pero muchos se asustaron con el movimiento de los edificios. Horas más tarde, quienes asistíamos al cuarto día del Foro-CAP seríamos sacudidos, una vez más, por una razón muy diferente: el exilio forzado de los periodistas nicaragüenses.

Uno de ellos es el reconocido y respetado Carlos Fernando Chamorro. Muchos jóvenes reporteros, líderes estudiantiles y otros nicaragüenses exiliados -algunos portando la bandera azul y blanca de su país- invadieron el auditorio para escucharlo hablar con el escritor mexicano Jorge Volpi. De casualidad, encontré un asiento libre junto al periodista de investigación nicaragüense Octavio Enríquez, recientemente nombrado como miembro de ICIJ, y cuyo trabajo ha evidenciado cómo Daniel Ortega, el otrora líder revolucionario de izquierda terminó siendo un mandamás autoritario y corrupto.

Chamorro huyó a Costa Rica en enero después de que el gobierno allanara la redacción de Confidencial  y de otros medios de comunicación, detuviera a varios periodistas y los acusara de promover el terrorismo, entre otros delitos. En el último año, más de 60 reporteros se han visto obligados a abandonar el país, entre otras razones, por cubrir las protestas masivas contra el gobierno y su represión por parte de las fuerzas de seguridad del Estado y los paramilitares armados que apoyan el régimen de Ortega.

“Nuestro medio está en el corazón de nuestros periodistas, seguimos trabajando a pesar de toda la presión”, dijo Chamorro. Los aplausos interrumpieron sus palabras. Continuó describiendo cómo ejercen el oficio de manera precaria, a veces desde habitaciones de hoteles, casas de amigos y oficinas prestadas. Sus programas de televisión ahora solo se pueden ver en Youtube, Facebook Live y un canal de Costa Rica. CINCO, la organización sin ánimo de lucro hermana de Confidencial, y miembro de GIJN, también se vio obligada a cerrar. “No estamos solos, es un gran esfuerzo de todos los periodistas nicaragüenses”, añadió.

Al escuchar a Chamorro comparar el levantamiento popular de la Nicaragua actual con la rebelión que se desató en 1979 tras el asesinato de su padre (Joaquín Chamorro fue un destacado periodista y político que se opuso a la dictadura de Anastasio Somosa),  me quedé pensando en esa manera caprichosa en que la historia va y vuelve algunas veces. O tal vez el tiempo corre más lento en Centroamérica. “Ortega y Somosa, son la misma cosa” es lo que los manifestantes gritan en las calles de Managua, o gritaban hasta hace unos meses porque, según Chamorro: “Ya no se puede cantar el himno o sacar la bandera.”

Cuando terminó la conversación y todos se pusieron de pie para rendirle un homenaje, me encontré con otras miradas llorosas entre el público y volví a pensar en ese mantra absoluto del periodismo: no serás un activista. ¿Y si las circunstancias no dejan otra opción? Chamorro habló esa tarde más como un líder político que como un periodista, o tal vez como uno que entiende que adoptar una postura política contundente y hablar en contra de un gobierno que ataca la libertad de expresión y viola los derechos humanos es lo único que puede hacer.

Inercia poderosa

Ponerle la lupa a los poderosos es uno de los mandatos del periodismo de investigación. Hablamos de ello, muy seriamente, durante cuatro días en el Taller de Periodismo de Investigativo en Contextos Desafiantes, con el reconocido reportero argentino Hugo Alconada Mon. También lo discutimos con un grupo de colegas nicaragüenses y hondureños, en una charla introductoria sobre el tema. El poder volvió a surgir cuando la profesora de la Universidad de Columbia y experta en investigación y data, Giannina Segnini, y Martín Rodríguez Pellicer, director de Nomada, hablaron sobre la creciente influencia de las súper poderosas iglesias evangélicas en la política. Aparecería, una vez más, en un panel de discusión sobre el impacto del caso Odebrecht o “Lava Jato,” en América Latina.

Un asistente al ForoCAP ante las fotografías del reportero gráfico español Gervasio Sánchez. Cortesía: El Faro

A pesar de grandes denuncias periodísticas hay una frustración general y un sentimiento de inercia entre los reporteros de investigación porque el estado de derecho es mera teoría en muchos países. Los más corruptos y peligrosos, los que deberían ser juzgados como máximos responsables por sus abusos parecen salirse no solo con la suya, sino con todo. Incluso tienen el poder de obligar a hombres como Iván Velásquez, el jefe de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala, a salir del país. Velásquez, declarado “persona non grata” por el presidente de Guatemala, Jimmy Morales, estaba sentado como un espectador más -sus guardaespaldas también-  en algunas de las sesiones del foro.

El poder o el contra-poder estuvo presente en las canciones de artistas de hip-hop que actuaron en el Foro y en las viñetas e ilustraciones satíricas de Ramon Nse Esono Ebale, de Guinea Ecuatorial, y Rafael Pineda más conocido como Rapé, de México. Al ver un retrato de Teodoro Obiang con su nariz en forma de pene (los guardias en prisión interrogaron a Esono mostrándole ese mismo dibujo durante días) y varias caricaturas excelentes de Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador de Rapé, pensé en la capacidad que tiene el arte de tocar a los demás de una manera más directa, a veces impactante y perturbadora, y me pregunté cómo y por qué el periodismo, especialmente el investigativo, no logra hacer lo mismo tantas veces.

A lo largo del foro, durante la cena o el almuerzo, volví a preguntarme y a preguntarle a otros sobre el tema: ¿Nos obsesionamos tanto con los datos que se nos olvidó contar historias conmovedoras con personajes contundentes? ¿Podríamos tener otros enfoques, más exploratorios y creativos? ¿Por qué no ensayar diferentes formatos, como los cómics de Esono o una presentación de hip-hop para llegarle a las audiencias más jóvenes? ¿Tenemos tanto miedo de ser demandados por lo que escribimos que llenamos nuestros reportajes de términos leguleyos hasta volverlos ilegibles? ¿Para quién estamos escribiendo, realmente?

Quizás estamos pensando más en nuestros colegas y los sujetos que investigamos -sus abogados o sicarios- y no estamos llegando a los hombres y mujeres comunes y corrientes en nuestros países ¿A los vendedores de pupusas en la esquina realmente les importa quién tiene una cuenta en un paraíso fiscal? ¿Estamos siendo relevantes y de utilidad para ellos? ¿Cuáles son, entonces, los asuntos más urgentes que deberíamos investigar en nuestras realidades inmediatas?

Mujeres indignadas, hombres temerosos

“Es algo que nos debíamos y les debíamos”, dijo José Luis Sanz, director de El Faro, al presentar uno de los paneles más controvertidos del foro: el impacto de #MeToo en el periodismo y en la sociedad. El auditorio estaba lleno de mujeres, entre ellas algunas feministas y periodistas locales que consideran que El Faro, o “El Falo” como lo llaman con sorna, ha tenido una cobertura muy centrada en temas y enfoques masculinos.

Así como otros medios de comunicación -grandes y pequeños- alrededor del mundo han reflexionado en los últimos años sobre la importancia de tener un contenido más incluyente y cambiar ciertas prácticas dentro de su propia salas de redacción, El Faro también ha tenido que hacerlo. Sus reporteras no estaban dispuestas a seguir tolerando algunas actitudes y comportamientos de sus colegas hombres. Recientemente terminaron de redactar su nueva política de género y han incorporado más mujeres en ciertos cargos claves y en su junta directiva. También invitaron a Pilar Alvarez, la nueva corresponsal de género de El País, a realizar un taller sobre el tema con periodistas locales y, por primera vez en el Foro-CAP, se hizo un panel dedicado al tema.

Durante el debate, moderado por María Luz Nóchez de El Faro, Álvarez se identificó solo como “una periodista”. Luciana Peker, de Página 12 de Argentina, como una “periodista feminista” que también hace activismo. En su muñeca izquierda llevaba amarrado el pañuelo verde que las feministas que iniciaron el movimiento #NiunaMenos contra los feminicidios en su país (antes del escándalo de Me Too) utilizan cuando marchan por las calles de Buenos Aires. El único hombre en la conversación era el periodista colombiano Juan Carlos Rincón, de El Espectador, quien dijo que se sentía muy cómodo con la etiqueta de: “machito en rehabilitación”.

Mientras escuchaba la discusión sobre esta nueva ola de feminismo y la manera que ha influido en el periodismo, miré alrededor de la sala. Vi a unos pocos hombres salirse del auditorio, entre ellos a un reportero local que comentaría posteriormente que se sentía incómodo porque el #MeToo estaba difuminando las líneas entre el periodismo y el activismo.

Si se hubiera quedado para escuchar toda la discusión, y algunos de los testimonios difíciles de las mujeres que estaban entre el público, habría podido constatar que, a pesar de las diferencias de enfoque o estilo, en lo que todos estaban de acuerdo era que el periodismo sobre el tema era más necesario que nunca. Y que debía tener unas reglas muy claras. “Yo quisiera volver a hacer periodismo y transformar la realidad desde el periodismo”, dijo Peker, pero como estaban las cosas había tenido que adoptar una postura más activista. “Eso sí, no pueden venir las organizaciones a dictarnos letra……El periodismo es información, es relato, es dato concreto y hay que retomar y cuidar eso aún para quienes nos definimos claramente como feministas. ”  

La última movida

Hubo varias conversaciones incómodas durante el Foro-CAP pero ninguna sería tan tensa como la última: una entrevista en vivo de Jon Lee Anderson de The New Yorker al ex portavoz de la presidencia y comandante legendario de la guerrilla del FMLN, Roberto Lorenzana. Me senté junto a Jorge Simán, uno de los fundadores de El Faro, que soplaba aire por la boca cada vez que Anderson le lanzaba una de sus preguntas difíciles. La entrevista giró en torno a lo que fue de la revolución, lo que el FMLN había logrado -o no- después de una década en el poder y cómo algunas de las heridas de la guerra nunca se han cerrado en un país donde reinan la impunidad y la violencia.

Lorenzana describió el encuentro como “una emboscada”, a lo que Anderson respondió: “Yo no soy ex guerrillero”. El público se rió, con cierto nerviosismo. En su defensa, Lorenzana respondió a todas y cada una de las preguntas de Anderson y del público -que no desperdició la oportunidad de darle palo- y terminó reconociendo la corrupción de su partido y las deficiencias de la revolución. “Nos ha faltado valor e ingenio para cambiar las cosas”, admitió. (Una semana después El Faro publicó un gran reportaje de investigación sobre el uso indebido de fondos públicos del ex presidente Mauricio Funes)

Cuando la entrevista terminó, Lorenzana y sus hombres de seguridad abandonaron rápidamente el foro. Los demás nos trasladamos a una antigua sala de billar, ahora un bar hipster en el centro de San Salvador, muy cerca de la reformada plaza principal donde Nayib Bukele- una estrella en las redes sociales que ya muestra cierto desdén por el periodismo- asumiría la presidencia el 1 de junio. Esa noche, lo mejor que podíamos hacer era seguir moviéndonos: bailando y brindando por las preguntas incómodas y las conversaciones pendientes.


Catalina Lobo-Guerrero es una periodista freelance y la editora en español de GIJN. Ha escrito para varios medios internacionales sobre política, conflicto armado, derechos humanos y corrupción en América Latina, especialmente en Colombia y Venezuela. 

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